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La galaxia vivía bajo una calma engañosa. Veinte años después de la Guerra de Exar Kun, la República y la Orden Jedi aún cargaban con las cicatrices de aquel conflicto devastador. El Senado buscaba estabilidad, los Jedi predicaban prudencia y el recuerdo de los Sith parecía desvanecerse en las brumas del tiempo. Pero en las sombras, el Imperio Sith sobrevivía en el exilio, tramando su venganza bajo la guía de un Emperador oscuro cuyo nombre ni siquiera se pronunciaba en los registros. Fue él quien, en secreto, tendió sus redes hacia los Mandalorianos, aquel pueblo guerrero cuya ansia de conquista aguardaba solo una chispa para encenderse.

Mandalore el Último, engañado por las promesas de un agente Sith y convencido de visiones de gloria, inició la gran reforma de su pueblo. Comprendió que la era de los Taung tocaba a su fin y abrió las filas de los clanes a toda especie capaz de demostrar su valía en la guerra. De esa decisión nació el movimiento de los Neo-Cruzados, una nueva sociedad mandaloriana organizada no solo para arrasar mundos como en el pasado, sino para conquistarlos y dominarlos. Cassus Fett, su lugarteniente más brillante, impuso una disciplina férrea, uniformó las armaduras y dio identidad a esta nueva era de cruzadas. El rugido de la guerra comenzaba a extenderse desde los límites del espacio mandaloriano hacia las fronteras de la República.

El estallido no tardó. Los Mandalorianos comenzaron sus campañas lejos de la República, diezmando Althir III y luego lanzando su furia contra los Cathar, a quienes Cassus Fett condenó casi al exterminio. El Senado y el Consejo Jedi, todavía temerosos de repetir los errores del pasado, decidieron no intervenir.

Así, el silencio cómplice permitió que las llamas de la guerra crecieran sin oposición, mientras nuevos sistemas como Taris se aferraban a la protección de la República, presionados por la amenaza inminente. Al mismo tiempo, sectores enteros como Kanz se rebelaban y caían en manos de tiranos, aprovechando la distracción de la guerra para desafiar el orden central. En los márgenes del conflicto, los Sith seguían su propio juego. Los ejércitos del Emperador extendían sus influencias sobre señores de la guerra y los peones se movían en las sombras del Pacto Jedi y la política galáctica. Todo parecía fragmentado: guerras locales, rebeliones aisladas, visiones de conquista. Pero en realidad eran piezas de un mismo tablero.

Así, hacia 3.966 ABY, la galaxia se encontraba al borde del abismo. Los Mandalorianos avanzaban como una tormenta que ningún Senado parecía dispuesto a frenar, los Jedi se dividían entre la prudencia y la acción, y los Sith aguardaban pacientes, dejando que otros desgastaran a la República. Era un tiempo de incertidumbre, donde cada mundo debía elegir entre la sumisión, la neutralidad o la resistencia, sin saber que lo peor aún estaba por llegar.

Actualmente nos encontramos en el año 3.965 ABY: las fuerzas Mandalorianas han sido frenadas por la República alrededor de Taris, y ya son ocho meses los que han pasado desde la última victoria...